DESIDERATA
Max Ehrman (1872-1945)
(Desiderata = palabra latina que significa “cosas que se desean”)
“Camina plácidamente entre el ruido y las prisas,
y recuerda que la paz puede encontrarse en el silencio.
Mantén buenas relaciones con todos en tanto te sea posible, pero sin transigir.
Di tu verdad tranquila y claramente;
Y escucha a los demás,
incluso al torpe y al ignorante.
Ellos también tienen su historia.
Evita las personas ruidosas y agresivas,
pues son vejaciones para el espíritu.
Si te comparas con los demás,
puedes volverte vanidoso y amargado
porque siempre habrá personas más grandes o más pequeñas que tú.
Disfruta de tus logros, así como de tus planes.
Interésate en tu propia carrera,
por muy humilde que sea;
es un verdadero tesoro en las cambiantes visicitudes del tiempo.
Sé cauto en tus negocios,
porque el mundo está lleno de engaños.
Pero no por esto te ciegues a la virtud que puedas encontrar;
mucha gente lucha por altos ideales
y en todas partes la vida está llena de heroísmo.
Sé tu mismo.
Especialmente no finjas afectos.
Tampoco seas cínico respecto al amor,
porque frente a toda aridez y desencanto,
el amor es tan perenne como la hierba.
Acepta con cariño el consejo de los años,
renunciando con elegancia a las cosas de juventud.
Nutre la fuerza de tu espíritu para que te proteja en la inesperada desgracia,
pero no te angusties con fantasías.
Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.
Más allá de una sana disciplina,
sé amable contigo mismo.
Eres una criatura del universo,
al igual que los árboles y las estrellas;
tienes derecho a estar aquí.
Y, te resulte o no evidente,
sin duda el universo se desenvuelve como debe.
Por lo tanto, mantente en paz con Dios,
de cualquier modo que Le concibas,
y cualesquiera sean tus trabajos y aspiraciones,
mantente en paz con tu alma
en la ruidosa confusión de la vida.
Aún con todas sus farsas, cargas y sueños rotos,
éste sigue siendo un hermoso mundo.
Ten cuidado y esfuérzate en ser feliz”.
Friday, October 20, 2006
Desiderata
Wednesday, October 11, 2006
Pájaro herido
Abrió su corazón a la maravilla de este mundo
Abrazó el afecto de quienes lo rodearon
Y supo ser feliz con cada amanecer...
Ahora yace sobre el piso, añorando la alegría
Adormece, esperando volver a volar
Con la brisa en el rostro, y el mar a sus pies
Con la música de su propio ser...
Su frágil asomenta quedó inmóvil, sin fuerzas
Sus alas plegadas soportan el dolor
Su cuerpo naufraga en el tormento
Y bucea en la locura su corazón...
Cuantas veces hemos llorado?
Cuantas veces hemos sufrido?
Sólo nos queda seguir...vivir...
Apoyandonos en otros...apoyándome en ti...
Un pasajero extraviado
El cofre
La navegación en esos estrechos canales, no era tarea sencilla, los bancos de corales dominaban el fondo, con sus formaciones caprichosas, imprevisibles, moldeadas por fuerzas naturales en libertad.
Por esa razón, debían ser superados de día, con buena visibilidad, de modo que el vigía de turno pudiera avisorar el camino seguro, dando los alertas a tiempo para corregir el rumbo y de ese modo evitar las zonas de mayor riesgo para el ya desvencijado casco y su quilla.
Esa noche, luego de una larga jornada con mucho viento y oleaje, era indispensable encontrar un lugar para anclar y pasar la noche a buen reparo.
La bahía que avistaron en la margen norte, cumplía con los requisitos para tal fin, pero para llegar a ella debían atravesar el canal, corriendo el riesgo de encallar en alguno de los abundantes bancos de coral, ya no visibles por la avanzada aparición de la oscuridad nocturna.
La margen sur no ofrecía ningun reparo debajo de sus elevados acantilados, con grandes rocas sobresaliendo de la superficie, los cuales eran muy peligrosas por su tamaño, corriendo ya un serio riesgo de ser empujados hacia ellas por los fuertes vientos en contra.
En ese momento la lluvia, previsible desde hacía varias horas, comenzó a caer obstaculizando aun más la tarea del ya agotado vigía.
La orden del capitan indicó continuar la marcha por el mismo rumbo, hasta que una roca submarina hizo estragos en la zona de eslora: el casco estaba herido.
Ahora debían luchar por mantener a raya el nivel de agua en el interior de la bodega, o dedicarse a tapar esa rotura desde el exterior. El capitán tenía que decidir alguna de estas dos opciones, pues no contaba con la tripulacion suficiente para llevar a cabo ambas tareas, y de este modo transcurrian preciosos minutos, mientras el agua ingresaba en el casco de modo incesante.
Al cabo de una hora de indecisión, el nivel del casco ya estaba por debajo de la linea maxima permitida, y la inclinacion de la embarcacion se hacía notar en cubierta.
La tripulación no podía entender la inoperancia de su ya difamado capitán, mientras éste seguía sin salir de su desgastante laberinto interno.
En esas latitudes, la proliferación de varias especies de escualos era tan temida como conocida. Estos depredadores, por otra parte, están obligados a una tenaz búsqueda de fuentes de alimento, debido a su constante actividad.
Al tomar conciencia del inminente desenlace, el capitán ordena el abandono de la embarcación, estando la posibilidad de salvación restringida a la oportunidad de hacerse un lugar en ese único bote salvavidas, con una capacidad menor a la necesaria para albergar a toda la tripulación.
Ahora el capitán debía decidir sobre la suerte de quienes subirían al bote, llevandolo esta situación a una nueva encrucijada, al tiempo que entre la tripulación comenzó una batalla por obtener un lugar en ese ultimo reducto seguro, mientras la autoridad del capitán había abandonado la posibilidad de imponerse.
La sangrienta escaramuza redujo notablemente el numero de tripulantes, no obstante, al subir el ultimo de ellos a la pequeña chalupa, comenzó a deshilacharse una de las cuerdas que la sujetaban, teminando por cortarse, lo cual produjo la brusqueda caida de la misma al mar, desde una altura desmesurada.
Debido al impacto, el piso de la superpoblada embarcación se quebró, manteniendose a flote solo la proa, mientras la popa comenzó rapidamente a desaparecer bajo el agua.
Los escualos que se encontraban en la zona, ya habían detectado una situacion favorable, con grandes posibilidades de saciar esa siempre alerta voracidad.
Los marinos, se acercaron a la escarpada costa, subiéndose a las rocas más cercanas, mas uno de ellos, el capitán, debía decidir si tomaba primero el cofre con su preciado contenido, que aún continuaba visible en la proa de la chalupa, ya condenada al permanecer en el oscuro fondo del canal.
Mientras luchaba con su propia vacilación, se mantenía a flote, entre su ansiado tesoro y las rocas.
Es común ver a los escualos en plena lucha por una presa chica, mas esta vez su voraz apetito pudo ser planemante satisfecho.
Alcornoque
Comenzada la búsqueda, no tardó mucho tiempo en encontrar lo que tanto ansiaba, mas no encontró uno, sino dos ejemplares de la planta.
Luego de observarlos un momento, descubrió que se trataba de un ejemplar joven y uno muy viejo. En ese momento comenzó a experimentar una discusión interna sobre la mejor opción. Contaba con el tiempo justo para obtener las muestras necesarias, y debía sumarle el tiempo necesario para trepar a las ramas que mostraban tan preciado tesoro. Eso la impacientaba aún más. Dedicó un tiempo en encontrar la solución óptima. Si utilizaba las hojas del árbol más joven, el extracto de sus hojas podría no contener la suficiente calidad para sanar al niño, y podía dañar su sistema digestivo.
Mientras buscaba la solución al dilema, el estado del niño se agravaba a cada instante. El arbol más viejo, podría contener esa substancia en cantidad no suficiente por el estado avejentado de su follaje, ya casi sin fuerzas, y esto implicaría perder la única posibilidad de supervivencia del niño.
Cuanto más tiempo transcurría, más cercana estaba ella de un profundo estado de desesperación, al no poder decidirse. La capacidad de raciocinio iba disminuyendo junto a las posibilidades de salvación de su hijo. Todo su ser quería encontrar la alternativa correcta a esta encrucijada.
Debía atravesar el miedo a equivocarse, debía decidir, correr el riesgo, y eso era lo que más la aterraba. Incluso al punto de perder contacto con la realidad, y ya no tener más conciencia de la gravedad de la situación.
El anochecer la encontró al borde del agotamiento síquico, hasta que comenzó el camino de retorno a su morada. Al llegar, encontró lo más temido, ya no era necesario tomar la decisión.
La dolorosa situación de no poder decidir, había dejado lugar a un dolor intenso, visceral, un odio a la vida misma y sus desenlaces, apenas ahogado por el dolor más intenso que una madre puede transitar.
Ya no lo quedaban fuerzas para continuar, ya no había solución, y eso la transportó a un estado que no conocía, un estado abarcado entre la locura sin retorno, y otro que no puede confesarse, sólo ejecutarse, el acto final. Ahora debía ocuparse en encontrar la manera de brindar el obsoleto cuerpo de su niño a la selva, para cumplir con la ceremonia del despido, del adiós.
La rudimentaria cabaña se encontraba a metros de un profundo acantilado, cuya cima permitía ver el majestuoso río Bratochento, atestado de pirañas, ávidas por consumir cualquier sustancia parecida a la carne.
En la zona aledaña a la cabaña, merodeaban roedores, con gran habilidad para cavar, remover tierra, en busca de los huevos de reptiles, que al constituir su plato favorito, eran buscados con aínco.
Y entre esa clase de roedores, estaban los carroñeros, con un gran desarrollo del sentido del olfato, que les permitía percibir los más sutiles aromas, aunque provengan desde debajo de la tierra, y les permitía dar con la ubicación exacta de cualquier substancia en estado de putrefacción.
Esto complicaba aún más la ya deteriorada capacidad de racicinio de esta desdichada mujer, lo cual no le impidió no obstante recordar la existencia de grandes predadores que habitaban los árboles, especialistas en trepar a ellos manteniendo el peso de sus presas entre las fauces. Estos también aprovechaban cualquier oportunidad de alimentarse de sustancias proteicas, aunque sean provenientes de una presa ajena.
La mujer, ya al borde de sus fuerzas mentales, no podía elegir fácilmente la forma de proteger los restos de su amado hijo, más no encontraba salida a esta amarga encrucijada. Sumida en esta penumbra de la conciencia, un nuevo aroma comenzaba a mezclarse con otros vahos de la selva, al punto de sobresalir entre ellos un poco más a medida que avanzaba el día, por su intensidad y pesadez.
Eran similares a otros que surgen de la espesura, pero éste tenía la particularidad de tener una cualidad propia, desconocida para la mayoría de los animales, llegando a despistarlos, debiendo alejarse de esa zona, pues interfería en su capacidad de encontrar su propio alimento.
Al mismo tiempo esa nube compacta comenzó a esparcirse a zonas más alejadas, donde los grandes carroñeros, los lagartos, comenzaron a percibirlo.
La manada no tardó en ponerse de acuerdo, del mismo modo que lo hicieron por centenares de siglos, de ese modo marcado por el instinto, ese que no posee divergencias, ése que marca un solo camino.
La marcha de estos grandes reptiles, se desarrollaba a la velocidad del paso del hombre, pero sin pausas, avanzando durante toda la noche.
Así fue como llegaron a la zona cercana al acantilado, mientras el apetito iba creciendo en sus entrañas, con mucha energía por recuperar.
Luego de agruparse frente al lugar correcto, la manada avanzó hacia su objetivo, detrás del lider, que tenía la prioridad en estas situaciones, por poseer la mayor envergadura y fuerza.
Al amanecer reinaba una aparente normalidad, mas algunos animales percibieron el cambio en el ambiente, además de haber incorporado en su memoria un nuevo tipo de sonido, que solo puede reproducir la voz humana, en un apagado y espantoso grito final.