El niño había nacido en la zona septentrional de la selva del Amazonas. Al contraer una gripe virulenta, la madre lo llevó al brujo del pueblo más cercano, y éste le recomendó la preparación urgente de un brebaje tomando hojas de la planta del alcornoque. La madre, resuelta a cumplir con el encargo, retornó a su primitiva choza.
Comenzada la búsqueda, no tardó mucho tiempo en encontrar lo que tanto ansiaba, mas no encontró uno, sino dos ejemplares de la planta.
Luego de observarlos un momento, descubrió que se trataba de un ejemplar joven y uno muy viejo. En ese momento comenzó a experimentar una discusión interna sobre la mejor opción. Contaba con el tiempo justo para obtener las muestras necesarias, y debía sumarle el tiempo necesario para trepar a las ramas que mostraban tan preciado tesoro. Eso la impacientaba aún más. Dedicó un tiempo en encontrar la solución óptima. Si utilizaba las hojas del árbol más joven, el extracto de sus hojas podría no contener la suficiente calidad para sanar al niño, y podía dañar su sistema digestivo.
Mientras buscaba la solución al dilema, el estado del niño se agravaba a cada instante. El arbol más viejo, podría contener esa substancia en cantidad no suficiente por el estado avejentado de su follaje, ya casi sin fuerzas, y esto implicaría perder la única posibilidad de supervivencia del niño.
Cuanto más tiempo transcurría, más cercana estaba ella de un profundo estado de desesperación, al no poder decidirse. La capacidad de raciocinio iba disminuyendo junto a las posibilidades de salvación de su hijo. Todo su ser quería encontrar la alternativa correcta a esta encrucijada.
Debía atravesar el miedo a equivocarse, debía decidir, correr el riesgo, y eso era lo que más la aterraba. Incluso al punto de perder contacto con la realidad, y ya no tener más conciencia de la gravedad de la situación.
El anochecer la encontró al borde del agotamiento síquico, hasta que comenzó el camino de retorno a su morada. Al llegar, encontró lo más temido, ya no era necesario tomar la decisión.
La dolorosa situación de no poder decidir, había dejado lugar a un dolor intenso, visceral, un odio a la vida misma y sus desenlaces, apenas ahogado por el dolor más intenso que una madre puede transitar.
Ya no lo quedaban fuerzas para continuar, ya no había solución, y eso la transportó a un estado que no conocía, un estado abarcado entre la locura sin retorno, y otro que no puede confesarse, sólo ejecutarse, el acto final. Ahora debía ocuparse en encontrar la manera de brindar el obsoleto cuerpo de su niño a la selva, para cumplir con la ceremonia del despido, del adiós.
La rudimentaria cabaña se encontraba a metros de un profundo acantilado, cuya cima permitía ver el majestuoso río Bratochento, atestado de pirañas, ávidas por consumir cualquier sustancia parecida a la carne.
En la zona aledaña a la cabaña, merodeaban roedores, con gran habilidad para cavar, remover tierra, en busca de los huevos de reptiles, que al constituir su plato favorito, eran buscados con aínco.
Y entre esa clase de roedores, estaban los carroñeros, con un gran desarrollo del sentido del olfato, que les permitía percibir los más sutiles aromas, aunque provengan desde debajo de la tierra, y les permitía dar con la ubicación exacta de cualquier substancia en estado de putrefacción.
Esto complicaba aún más la ya deteriorada capacidad de racicinio de esta desdichada mujer, lo cual no le impidió no obstante recordar la existencia de grandes predadores que habitaban los árboles, especialistas en trepar a ellos manteniendo el peso de sus presas entre las fauces. Estos también aprovechaban cualquier oportunidad de alimentarse de sustancias proteicas, aunque sean provenientes de una presa ajena.
La mujer, ya al borde de sus fuerzas mentales, no podía elegir fácilmente la forma de proteger los restos de su amado hijo, más no encontraba salida a esta amarga encrucijada. Sumida en esta penumbra de la conciencia, un nuevo aroma comenzaba a mezclarse con otros vahos de la selva, al punto de sobresalir entre ellos un poco más a medida que avanzaba el día, por su intensidad y pesadez.
Eran similares a otros que surgen de la espesura, pero éste tenía la particularidad de tener una cualidad propia, desconocida para la mayoría de los animales, llegando a despistarlos, debiendo alejarse de esa zona, pues interfería en su capacidad de encontrar su propio alimento.
Al mismo tiempo esa nube compacta comenzó a esparcirse a zonas más alejadas, donde los grandes carroñeros, los lagartos, comenzaron a percibirlo.
La manada no tardó en ponerse de acuerdo, del mismo modo que lo hicieron por centenares de siglos, de ese modo marcado por el instinto, ese que no posee divergencias, ése que marca un solo camino.
La marcha de estos grandes reptiles, se desarrollaba a la velocidad del paso del hombre, pero sin pausas, avanzando durante toda la noche.
Así fue como llegaron a la zona cercana al acantilado, mientras el apetito iba creciendo en sus entrañas, con mucha energía por recuperar.
Luego de agruparse frente al lugar correcto, la manada avanzó hacia su objetivo, detrás del lider, que tenía la prioridad en estas situaciones, por poseer la mayor envergadura y fuerza.
Al amanecer reinaba una aparente normalidad, mas algunos animales percibieron el cambio en el ambiente, además de haber incorporado en su memoria un nuevo tipo de sonido, que solo puede reproducir la voz humana, en un apagado y espantoso grito final.
2 comments:
Este es el que màs me gustò. Tambièn se repite ese "No Final" que tienen en comùn. No es que no tenga final, pero el tono en el que das el descenlace me da esa impresión.
gracias amigo, nunca pensé que le gustaría a alguien, porque solo escribo cuando estoy muy mal, bajo los efectos de la tristeza y depresión.
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